¿Me abrís?

domingo, 22 de enero de 2012

"Hombres..."





¿Quién puede decir ciertamente lo que es un hombre? ¿Qué siente? ¿Qué piensa? ¿A qué le teme? ¿Por qué vibra? ¿Qué es lo que más le interesa en la vida y en el mundo? ¿Hasta dónde es capaz de amar sin pensar que está loco o que es ridículo? ¿Quién puede decir que realmente conoce a un hombre...? ¿Quién puede decir que verdaderamente lo comprende?
A veces pareciera que sí, que es posible, que atravesando el complicado laberinto de su pensamiento uno ha llegado al fondo, a ese lugar secreto, escondido, protegido por los cinco sentidos, y lo ha encontrado... Pero un minuto después él se rebela, borra todas las huellas, tuerce las agujas del reloj, cambia de voz, de piel, de convicciones, cambia la intensidad de la mirada, se vuelve hosco, lejano, inalcanzable (o nos hace creer que cambia de voz, de piel, de convicciones y que se vuelve inalcanzable...).
Y otra vez estamos afuera. Otra vez llamando a su puerta. Otra vez estamos comenzando.
Con un hombre nunca se está en camino. Siempre se está empezando a caminar...
No somos nosotras las que podemos apoyar la cabeza sobre su pecho seguro y descansar... sino que son ellos son los que terminan apoyando su cabeza en nuestro pecho y se quedan dormidos como niños.
Un hombre... Qué dilema.
Amamos a un hombre y nos abrimos con una daga para darle el corazón desnudo en la palma de la mano. Y él deja el corazón desnudo y tembloroso, porque tiene miedo de abrirse el pecho para cobijar ese corazón que se le está brindando.
Y cuando oye que su propio corazón late solo, dice que está solo "que está solo como siempre", sin darle importancia al otro corazón que fue arrancado valientemente de su sitio y cada vez más débilmente le ofrenda su latido.
Es que... tal vez él no quería que le diéramos el corazón, tal vez él quería solamente una sonrisa y nosotras, exageradas como siempre, le dimos el corazón.
Es muy posible que él buscara simplemente una oreja pequeña y bien formada para contarle sus penas, para darle, algunas veces, las palabras que excedan el recipiente... y nosotras, exageradas como siempre, le dimos nuestra vida.
Es probable que él buscara la suavidad de nuestra piel para sembrar en ella unos luceros que súbitamente le crecieron en la sangre, y nosotras, exageradas como siempre, le dimos nuestra sangre.
Quizá tan sólo quería tener cerca nuestro silencio, para poder pensar que estaba acompañado, y nosotras, exageradas como siempre, le dimos todos nuestros pensamientos.
¿Acaso no es cuando no damos nada cuando más recibimos de un hombre?
¿Acaso no es cuando damos solamente un poco de nuestra piel cuando recibimos todo de él: su piel, sus nervios, sus músculos tirantes, su clamor y su hoguera?
¿Acaso no es cuando le damos solamente el silencio cuando recibimos su grito y su llamado, su pedido de rodillas, su lamento estremecido atravesando las montañas, los valles, los ríos del universo?
¿No es cuando le dejamos en ristre la duda, que nos ofrece todas las certezas nos promete la luz, el agua, las estrellas?

Y cuando vamos por nuestro camino, sin detenernos, él estira sus manos y quiere llevarnos a su camino, dejarnos transitar por él, mostrarnos su puerto.
Y cuando no lo vemos, quiere que lo miremos.
Y cuando no lo amamos, quiere amarnos y hace lo imposible para que dejemos caer sobre él una gota de amor, pequeña y transparente como una lágrima.
Y sus manos son nido cuando no somos pájaros.
Y su ternura es vino cuando no somos cántaro.
Y su pasión es llama cuando no somos leña.
Y su cariño es un millón de luciérnagas cuando no somos noche.
Y su presencia es sol cuando no somos cielo, ni día ni le pertenecemos.
Un hombre es un hombre cabal, entero, valeroso y guerrero solamente cuando lo obligamos a luchar sin tener la certeza del triunfo.
Cuando nuestro jardín está sin siembra, él quiere recoger las rosas.
Cuando el muro es resbaloso y alto, él quiere treparlo y llegar hasta el final para ver que hay del otro lado.
Porque lo que verdaderamente quiere un hombre es conquistar la plaza que no se rinde nunca. Es alcanzar la palabra que no fue pronunciada. Es cortar las violetas que no fueron sembradas. Es devorar el pan que jamás fue amasado. Es escuchar la música que no fue compuesta ni tiene aún la melodía nacida.
Lo que un hombre quiere es ser niño cuando lo necesitamos hombre del todo. Y ser hombre cuando inventamos para él un parque con una calesita y un montón de hamacas.
Y busca que riamos como un sonajero cuando la tristeza nos atenaza el alma y una pequeña caricia de su mano serviría para disipar las sombras y las dudas.
Y quiere que volemos cuando él mismo ha cortado nuestras alas.
Y quiere que tengamos los colores del arco iris cuando él se ha encargado de borrarlos y dejarnos en blanco y negro, como a una vieja fotografía de la desolación.
Y odia nuestra felicidad, aunque sea él quien la haya provocado, porque la felicidad de los demás no lo hace feliz, como él pregona... Le provoca malestar, inseguridad, celos.
Es por eso que no sé, verdaderamente no sé de quién nos enamoramos las mujeres: si de un hombre o de la idealización de un hombre que tenemos en nuestra mente.
Si de un hombre o de la imagen nuestra que veremos reflejada en el espejo de nuestro propio corazón.
Y creemos que le teme a la soledad... pero él lo que ama en verdad es su soledad, y es eso lo que defiende como una brava fiera... porque esa soledad que le hace sentir que nadie va a cambiarlo, que es él mismo... y que un hombre no se da ni se comparte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario